He de admitir que hasta ese día ignoraba cualquier aspecto en torno a este tipo de escuelas. Desde que las hubiese con titularidad pública hasta que acogiesen una variedad tan grande de discapacidades.
Desde fuera a penas notaríamos unas pequeñas diferencias con una escuela digamos 'ordinaria': un patio, un gimnasio, aulas, el hall... Pero sin duda lo que más arriba definía como 'impactante' lo encontramos al cruzar la puerta de entrada.
El centro cuenta con 160 alumnos distribuidos en los ciclos de infantil, primaria y secundaria que abarcan las edades de 3 a 21 años con discapacidades desde el autismo hasta tetraplegias totales. Evidentemente el número de alumnos por clase no supera los 8 o 9 niños y cada aula cuenta con dos profesores. Además del personal docente, trabajan fisioterapeutas, monitores, psicólogos e incluso cuenta con los servicios de un médico. Héroes todos ellos. A medida que avanzaba nuestra visita, crecía mi admiración por todos y cada uno. Increíble la labor tan importante y difícil que desempeñan a pesar de que esta pueda pasar inadvertida a los ojos menos atentos. Enseñan a los niños todas aquellas cosas a las que los demás casi no invertimos tiempo y pensamos que es algo aprendido casi automáticamente, como el hecho de pedir un cuchillo para cortar una manzana o aprender a atarse los zapatos y a desvestirse. Además de las discapacidades que anteriormente mencionaba, las profesoras nos informaron de que la mayoría de ellos no podía comunicarse oralmente, sufrían discapacidades auditivas o visuales y tenían episodios de epilepsia. Incluso tuvimos la oportunidad de visitar dos aulas donde los niños se encontraban en sillas de ruedas o colchonetas vibratorias totalmente inmóviles y a los que las maestras tenían que estimular y cuidar como si de bebés se tratase.
Tuvimos la oportunidad de charlar con profesionales de las diferentes etapas educativas y, en concreto, el testimonio de un joven profesor de Educación física del centro me resultó bastante interesante. Hay personas cuya vocación desde el inicio de sus estudios universitarios es trabajar con personas con discapacidades. Otros que, en cambio, se sienten incapaces de afrontarse a este tipo de situaciones en su futuro laboral. Este último era el caso de este docente, que tal y como él citó 'había llegado aquí por accidente pero tras diez años allí no cambiaría su trabajo por el de un profesor de Ed. Física cualquiera'.
Pero sin duda lo que más llamó mi atención fue el ambiente de cariño y colaboración que se respiraba en el centro y con el que el personal trataba a sus alumnos. No parecían en absoluto frustrados o enfadados como estamos acostumbrados a ver en los institutos cuando un alumno no responde correctamente a lo que se espera de él. Siempre tenían un beso, un abrazo o una sonrisa para cada uno de los niños.
Pero para concluir y aunque mi valoración es totalmente positiva, no puedo evitar plantearme una pregunta: ¿Es realmente la mejor opción que las discapacidades se 'aíslen' en este tipo de centros? ¿No deberían, en cambio, integrarse en la medida de lo posible, los recursos personales y materiales en los colegios e institutos ordinarios?
Al fin y al cabo vivimos en una sociedad heterogénea, donde no todos tenemos las mismas capacidades y limitaciones y en la que convivimos con personas con síndrome de Down, autismo y disfunciones de todo tipo. ¿Acaso no deberían ser las aulas un reflejo de esta sociedad? ¿No sería un gran avance que desde pequeños aprendiésemos a tolerar y comprender la realidad que nos rodea?
Feliz reflexión...





